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¿Es lo"rural" un lastre? Repensar el turismo de interior en tiempos de cambio.

  • Foto del escritor: Pablo Granell
    Pablo Granell
  • 9 jul 2025
  • 3 Min. de lectura

Casas en el medio rural
Casas en el medio rural

Durante décadas, el turismo en el interior de nuestros países se ha articulado bajo una etiqueta casi ineludible: "turismo rural". Un término que parecía contener en sí mismo toda la promesa del descanso auténtico, del regreso a lo esencial, de la conexión con la tierra. Pero hoy, ante nuevos públicos, nuevas sensibilidades y nuevas formas de viajar, cabe preguntarse: ¿sigue siendo “lo rural” un concepto útil o se ha convertido en un ancla que frena la evolución del turismo en el interior?


¿Qué evoca realmente “rural”?

El imaginario colectivo sigue asociando lo rural con naturaleza, agricultura, pueblos pequeños y tradición. Es una etiqueta cargada de valores positivos, pero también de clichés: vacas, bordados, caminos de tierra y una cierta idea de lo “antiguo”. Para muchos nuevos viajeros —especialmente los más jóvenes—, ese discurso suena desconectado de sus intereses: diseño, gastronomía creativa, bienestar, cultura independiente, experiencias auténticas pero contemporáneas. No buscan ordeñar una vaca. Buscan un buen café de especialidad con vistas a una sierra silenciosa, dormir en una casa con historia pero con domótica, o hacer senderismo con un fotógrafo local que hable su idioma.


 ¿Y si “rural” ya no describe lo que se está creando?

En los últimos años ha emergido una nueva generación de anfitriones en territorios de interior: arquitectos que restauran casas tradicionales con estética contemporánea, chefs que reinventan el producto local, emprendedores digitales que eligen vivir en pueblos y ofrecen experiencias culturales de alta calidad. Su oferta no está ligada al campo ni a la agricultura, pero sí a lo local, a lo singular, a lo humano. El problema: cuando esa propuesta se comunica como "turismo rural", corre el riesgo de ser encasillada en una categoría que no representa su verdadero valor.


¿Y las marcas que debían liderar este cambio?

Mientras tanto, algunas marcas privadas que surgieron con la vocación de poner en valor el turismo rural con encanto —a menudo bajo etiquetas como boutique, con alma, con historia—, se han ido desconectando del pulso del mercado. Se mantuvieron ancladas en un relato estético, pero vacío de renovación conceptual. Un estilo vintage, una bañera exenta y una vela aromática ya no bastan para construir una experiencia significativa. Estas marcas, que en su momento aportaron valor, han dejado de ser prescriptoras y ya no conectan con las nuevas formas de viajar ni con las nuevas generaciones de viajeros. No han sabido acompañar ni a los anfitriones que se están reinventando ni a los viajeros que buscan algo más que encanto: buscan propósito, autenticidad y visión de futuro.


¿Es inevitable seguir usando “rural”?

Desde el punto de vista del posicionamiento turístico, abandonar el término "rural" no es sencillo. Tiene peso, reconocimiento institucional, marcos de financiación y búsqueda consolidada en los portales. Sin embargo, es legítimo preguntarse si eso nos obliga a seguir usándolo… incluso cuando la experiencia que ofrecemos ya no responde a ese imaginario.

¿Podemos hablar simplemente de turismo de interior, turismo lento, escapadas locales, experiencias de baja densidad, microturismo, vida en pueblos, etc.? ¿Podemos dejar de definirnos en función de lo que no somos (no urbano, no masivo) y empezar a hablar en positivo, desde lo que sí somos?


¿Es “rural” un término despectivo?

No necesariamente. Pero puede ser limitante. Para algunos públicos, especialmente los urbanos más jóvenes o internacionales, puede sonar a algo desfasado, poco sofisticado, incluso folclórico. Si la primera imagen que genera la palabra “rural” no conecta con su deseo de escapada —moderna, estética, creativa, consciente—, el mensaje fracasa antes de empezar.


 ¿Y si lo rural fuera una estrategia renovada?

Por otro lado, existe una corriente muy interesante que apuesta por reapropiarse del concepto rural, pero desde una óptica renovadora: rural como espacio de innovación, de experimentación, de encuentro intercultural, de bienestar emocional, de sostenibilidad real. Un rural donde cabe el diseño, la tecnología, el arte contemporáneo o las nuevas economías. Quizás no se trata de desechar la palabra, sino de reconfigurarla. De liberarla de sus ataduras y dotarla de nuevos significados.


 Conclusión 

El turismo de interior debiera estar viviendo una transformación silenciosa pero profunda. Los públicos cambian, los territorios se diversifican y los relatos deben evolucionar. Quizás ha llegado el momento de preguntarnos no solo cómo nombramos lo que hacemos, sino qué relato queremos construir sobre los lugares donde sucede.

Porque puede que no se trate de dejar de usar “rural”, sino de dejar de usarlo mal. Y de reclamar una narrativa que no idealice ni folclorice, sino que acompañe la transformación real que está ocurriendo en muchos rincones del territorio.


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